La violencia como estilo de vida en algunas adolescencias

Opinión05/02/2026Redacción El CaudilloRedacción El Caudillo
Opinión - Rodolfo Ceballos (20)

La noticia dio cuenta de que dos de adolescentes planeaban una masacre escolar y fue detenido en Argentina. Son menores de La Quiaca y Miramar. No se conocen entre ellos, la relación solo es virtual. El FBI advirtió a la Policía Federal, que actuó por orden judicial. La investigación la inició el FBI, en julio del año pasado.

Los casos policiales como estos, en los que el delito imputado es intimidación pública y otros asociados a actos preparatorios criminales, tienen una componente psicológica indiscutible. Los jóvenes detenidos estaban atraídos por la necesidad de alcanzar una fama trágica. No les importaron las consecuencias, porque padecen una carencia de reconocimiento social. Ejecutar acciones que horrorizan indica que sufren distorsiones cognitivas. Eso explica, en lo individual, parte de su conducta. Pero falta el otro condicionante: la influencia de la cultura digital, que les proporciona noticias, detalles y comentarios de otros adolescentes que asesinan en distintas ciudades del planeta. Este fenómeno crea un terreno fértil para que la crueldad se convierta en ataques contra terceros.

Internet y las redes sociales han borrado fronteras culturales. Los adolescentes de La Quiaca o del Gran Buenos Aires consumen la misma violencia, idénticas narrativas, imágenes y noticias de otros países, incluidas las masacres escolares en EE.UU., que se convierten en referentes negativos. Los adolescentes, inclinados por el efecto de ser aceptados, imitan lo que realizan sus pares. Por eso circulan discursos de odio, manuales de violencia y se integran con facilidad en comunidades que legitiman la crueldad como forma de pertenencia.

El grado de violencia que hoy internalizan los chicos es tal que la han convertido en un estilo de vida: la crueldad ya no es solo un acto, sino un “mensaje” que busca impacto mediático. En estos tiempos, la violencia se endureció y está presente en casi todos los grupos etarios, mientras el Estado, en su evolución negativa, erosionó las instituciones tradicionales de contención de los adolescentes (familia, escuela, clubes, etc.). Esto produjo que los jóvenes enfrenten una autonomía precoz sin referentes sólidos.

Planificar atentados en la escuela o en otros lugares donde proyectan su odio es el resultado de la normalización del riesgo. En la cultura digital, la exposición a contenidos extremos banaliza la idea de peligro. “Ir preso” o “morir joven” se perciben como parte del guion de notoriedad. Estas circunstancias explican en parte por qué los chicos son indiferentes ante las consecuencias y penalidades que pueden recibir por sus delitos. Directamente, no les interesa. La sensación de vacío existencial en sus vidas refleja la falta de proyectos vitales y horizontes colectivos, lo que permite que algunos adolescentes no valoren el futuro.

Psicológicamente, el adolescente con estas características vive desconectado de la ley y la autoridad. Percibe que la política, la policía, la escuela formal, incluso el dinero, no tienen un valor imprescindible, porque observa que las instituciones que deberían protegerlo a él y a su familia no cumplen con sus funciones de cuidado. Esa percepción es, en definitiva, una forma desesperada de existir en un mundo que los desamparó.

La alarma que despiertan estos episodios no se limita al ámbito policial: interpelan y crean miedo en la sociedad porque se presiente que la violencia puede cronificarse y seguir llenando el vacío existencial de los chicos.

 

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