



Es imposible mirar esta imagen sin sentir una profunda herida en el alma. Un niño fue enterrado sin cajón, en tierra seca, porque la pobreza extrema de sus padres no les permitió ofrecerle siquiera lo mínimo digno para su despedida. Esto ocurrió en Santa Victoria, Salta, y lo más desgarrador es que alrededor de la tumba se ven muchos otros niños, testigos silenciosos de una realidad que los acecha también a ellos.
La presencia del Estado brilló por su ausencia. ¿Dónde estuvo el auxilio, la contención, el respeto por la vida y la muerte? ¿Cómo puede una sociedad tolerar que un niño sea sepultado así, como si su existencia no hubiera importado? Esta escena no solo duele: indigna. Porque no es una tragedia inevitable, es el resultado de una indiferencia estructural que sigue condenando a los más vulnerables al olvido.
Que esta imagen no se pierda entre otras. Que nos sacuda. Que nos obligue a exigir que nunca más un niño sea enterrado sin cajón, sin justicia, sin dignidad.





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