
Corsos 2026: cuando la avaricia desfila sola y el carnaval paga el precio
Salta29/12/2025
Redacción El Caudillo


El carnaval, ese espacio popular que nació para desbordar alegría, hoy parece convertido en un negocio cerrado, mezquino y cada vez más alejado de la gente. El reglamento de los Corsos 2026, impulsado por Comuyca y Carnestolendas, desató un profundo malestar entre comparsas y agrupaciones que aseguran que las reglas no buscan fortalecer la fiesta, sino concentrar poder, excluir y beneficiar siempre a los mismos.
Entre las denuncias más repetidas aparece la manipulación de los horarios de desfile. Las comparsas que no responden a la organización son enviadas a desfilar cuando el corsódromo está vacío, sin público, sin prensa y sin jurado, mientras que los grupos afines ocupan cómodamente los horarios centrales, con tribunas llenas y cámaras encendidas. No es un error ni una casualidad: aseguran que es una práctica que se repite año tras año.
El reglamento 2026 termina de cerrar el carnaval como si fuera un club privado. Las agrupaciones creadas desde 2019 quedan directamente afuera, cortando de raíz la renovación y dejando sin lugar a jóvenes que quieren participar. Así, la fiesta se envejece, se achica y queda en manos de pocos, como si el carnaval tuviera dueño.


La presión económica roza lo obsceno. El sonido puede costar hasta 200 mil pesos por noche, una cifra imposible para comparsas que ya sostienen trajes, instrumentos y traslados con rifas, ventas y sacrificio propio. No hay premios en efectivo, pero sí exigencias cada vez más altas, como si el esfuerzo no valiera nada.
A esto se suma el cupo limitado del Corso Mayor y la prohibición de grupos con más de 200 integrantes, una decisión que deja afuera incluso a comparsas históricas. Tampoco se permite la unión de agrupaciones, una salida habitual cuando faltan recursos, cerrando cualquier alternativa para seguir participando.
Por si fuera poco, el reglamento prohíbe actuar en otros eventos dentro de la ciudad, impidiendo que las comparsas generen ingresos para cubrir gastos. Se les exige todo, pero se les quita cualquier posibilidad de sostenerse. Y el castigo siempre está a la vuelta de la esquina: una sola falta puede dejar a un grupo afuera, hay multas económicas y hasta se contempla el desalojo del circuito con intervención policial.
En este contexto, no sorprende que muchas comparsas estén al límite y que algunas de las más reconocidas evalúen no participar si no hay cambios. El enojo es comprensible y hasta justo. Detrás de cada agrupación hay meses de trabajo, familias enteras, chicos y chicas que ensayan bajo el sol, cosen trajes de madrugada y ponen el cuerpo para que el carnaval exista.
Tal vez este año el público tenga que dar un mensaje claro. No asistiendo, no llenando tribunas, no aplaudiendo un espectáculo construido sobre la exclusión y la avaricia. Porque sin comparsas no hay carnaval, y cuando la fiesta se usa para hacer negocios, lo único que termina desfilando es la vergüenza.
Gentileza: Con Criterio Salta


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