El Laberinto del Miedo: por qué Salta se volvió un territorio de gestión reactiva

Opinión09/02/2026Redacción El CaudilloRedacción El Caudillo
Opinión - Julio Palavecino (11)

En la gestión de la seguridad pública existe una máxima irrefutable: lo que no se planifica, se padece. Salta ha dejado de ser la “provincia tranquila” del norte para convertirse en un tablero donde el crimen organizado y la violencia urbana imponen sus reglas, mientras el Estado se limita a reaccionar ante el hecho consumado.

Se observa con preocupación cómo la política de seguridad ha sido canjeada por una política de comunicación. Se confunde el despliegue de patrulleros con sirenas encendidas, puro efectismo visual, con la verdadera prevención del delito.

La falacia de la “operatividad”

Los partes oficiales celebran la detención de jóvenes con dosis mínimas de estupefacientes en barrios de la periferia. Sin embargo, en términos de gestión estratégica, esto es lo que llamamos “sembrar en el viento”. Mientras la energía operativa se agota en el último eslabón de la cadena, las estructuras de logística criminal en la frontera y los mercados de bienes robados en el macrocentro gozan de una salud envidiable.

La seguridad profesional no se mide por cuántas personas entran a una comisaría, sino por cuántas pueden caminar por un barrio sin ser asaltadas. Hoy, en Salta, la brecha entre el discurso oficial y la realidad del vecino es un abismo que se llena de impunidad.

Un sistema al borde del colapso

El diagnóstico es severo:

• Hacinamiento como distractor: con las alcaidías y comisarías desbordadas, el policía de calle se convierte en un carcelero improvisado. Esto gasta “borcegos en el terreno” y reduce la eficiencia en la respuesta.

• Desinteligencia criminal: la falta de una oficina de análisis del delito que funcione con independencia política impide que el recurso humano se asigne donde realmente hace falta, y no donde el puntero político de turno reclama más presencia.

• Desprofesionalización: el malestar en las filas es notorio, y la falta de equipamiento técnico moderno, más allá de las cámaras de vigilancia que solo sirven para filmar nuestra propia derrota (si es que lo hacen), está erosionando la moral de la fuerza.

La seguridad no es un gasto, es un derecho

La actual falta de políticas públicas integrales nos está costando caro. No se trata solo de comprar más patrulleros; se trata de entender que la seguridad es una construcción multicausal. Sin una buena y moderna iluminación en los barrios críticos, sin programas y centros reales de recuperación de adicciones y sin una justicia que actúe con celeridad, la Policía de Salta seguirá siendo un bombero intentando apagar un incendio forestal con un balde de agua.

Es hora de que la seguridad en Salta deje de ser una herramienta de marketing electoral y pase a ser una política de Estado técnica, audaz y, sobre todo, preventiva. El miedo no puede ser el vecino permanente de los salteños.

Por: Julio A. Palavecino, Licenciado en Seguridad

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