
Zona norte sitiada por la inseguridad, la proliferación de consumo desmedido, prostitución, delincuencia y violencia
Salta23/01/2026
Redacción El Caudillo


La inseguridad ya no es una sensación, es una rutina que se repite en barrios de toda Salta, con escenas calcadas que se multiplican cuando cae el sol. Grupos de jóvenes adictos se reúnen en la oscuridad, bajo la sombra de algún árbol o en esquinas sin luz, consumen y después salen a “hacer la vuelta” robarle al transeúnte, romper un vidrio, manotear lo que haya en un auto estacionado o apretar a cualquiera que pase regalado por la calle.
El problema, además, dejó de ser “solo pibes”, vecinos advierten un crecimiento notorio de grupos integrados también por mujeres jóvenes, de entre 20 y 40 años, que en los últimos tiempos aumentaron en cantidad y presencia en la vía pública. Y con ese crecimiento, también subió la violencia entre ellos mismos: discusiones por alcohol, por sustancias o por cuestiones sexuales se convierten en detonantes explosivos, siempre con el combustible del consumo encima. Peleas sin freno, gritos, amenazas, corridas. Un cóctel perfecto para que el barrio se transforme en tierra de nadie.
Si bien el conglomerado más crítico sigue siendo la zona sudeste de la capital salteña, donde el deterioro social y la falta de control vienen haciendo estragos hace años, la delincuencia ya se está expandiendo a sectores que antes todavía conservaban una cierta tranquilidad.


Desde El Caudillo, vecinos de la barrida de zona norte baja, aseguran que lo que más indigna no es solo el delito: es la sensación de abandono total, como si el Estado apareciera tarde, mal o directamente no apareciera. “Llamás al 911 y cuando llegan ya pasó todo. Si es que llegan”, relató una vecina que se comunicó para denunciar episodios repetidos durante varias noches seguidas.
Otro mensaje, con bronca y resignación, lo resumió sin vueltas: “Nos cuidamos solos. Nadie se hace cargo. Después salen a decir que está todo controlado”.
Porque ante la demora del sistema de emergencias y la falta de prevención real, muchos vecinos están tomando medidas por cuenta propia para resguardar su integridad y sus propiedades. Cámaras de vigilancia domiciliarias, luces extra, rejas improvisadas. Y también lo más preocupante: palos, hondas con piedras y “guardias” vecinales espontáneas ante cada ruido sospechoso. En varios barrios, los grupos de WhatsApp se volvieron el nuevo patrullero: alertas, audios, fotos borrosas, descripciones apuradas y una pregunta que se repite todas las noches: “¿Alguien vio quiénes eran?”
En zona norte baja también se sienten oleadas de inseguridad, con puntos calientes que se repiten como si fueran refugios oficiales del delito. En barrio El Pilar, vecinos señalan como foco permanente las vías del tren y el canal fluvial de la Pachi Gorriti, zonas donde la oscuridad es el caldo de cultivo para la prostitución trans, la promiscuidad, el consumo desmedido que vuelve "zombie" a los jovenes, la violencia y la delincuencia, señalaron testigos.
Y mientras los barrios se organizan como pueden, el Ministerio de Seguridad parece vivir en otra realidad: una hecha de banners, cartelería y propaganda de una “seguridad” que ya se les fue de las manos. Gaspar Solá y Nicolás Avellaneda están al frente de un área que maneja presupuesto, recursos y estructura, pero en la calle el resultado es el mismo de siempre: vecinos desbordados, policías que llegan tarde y patrullajes que brillan por su ausencia donde más se los necesita.


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