
Pacientes con artritis reumatoidea denuncian trato indigno, burocracia y falta de medicación en el hospital del Milagro: "Me siento abandonada”
Salta23/09/2026
Redacción El Caudillo


Tiene 30 años y lleva casi una década conviviendo con artritis reumatoidea, una enfermedad autoinmune que le fue cambiando la vida de manera progresiva. En una oportunidad llegó a necesitar una silla de ruedas para poder movilizarse. Hoy recuperó parte de esa movilidad, pero asegura que ya no volvió a caminar ni a desenvolverse como antes.
Ahora enfrenta otro problema que es la falta de medicación, las dificultades para conseguir turnos y demoras que, según su testimonio, pueden extenderse durante meses. Para una paciente cuyo tratamiento requiere seguimiento médico permanente, la espera no es solamente una cuestión administrativa sino que la enfermedad avanza a pasos agigantados.
La paciente se comunicó con El Caudillo para contar la situación que atraviesa y exponer las dificultades que, según relató, encuentra diariamente para sostener su tratamiento en el sistema público de salud. Desde hace casi diez años se atiende en el Hospital del Milagro, donde asegura que la organización de turnos y recetas se convirtió en una carrera contra el tiempo.


“Mi enfermedad necesita un seguimiento continuo, medicación y un tratamiento que nos mejore la calidad de vida, porque los dolores son insoportables”, relató.
El problema, según explicó, comienza incluso antes de llegar al consultorio. El hospital utiliza dos números de WhatsApp, uno destinado a las recetas y otro para solicitar turnos. La paciente denuncia que las respuestas pueden demorarse semanas y que, en determinados casos, la gestión de una receta llega a extenderse hasta un mes.
Para una persona que necesita medicación de manera regular, una demora de esas características puede significar quedar sin tratamiento.
A esto se suma otra dificultad todavía más preocupante: actualmente, según manifestó, no dispone de la medicación que necesita en el hospital. Conseguirla por cuenta propia tampoco aparece como una alternativa sencilla. Los medicamentos utilizados para tratar la artritis reumatoidea pueden tener costos elevados, especialmente cuando se trata de tratamientos prolongados.
“En la actualidad no hay medicación en el hospital para mi tratamiento y eso me genera mucha impotencia. Me siento abandonada”, expresó.
Pero el problema no termina en la falta de medicamentos, la paciente sostiene que su tratamiento actual ya no está teniendo el mismo efecto y que necesita una evaluación médica para determinar si debe modificarse la estrategia terapéutica. Sin embargo, nuevamente aparece el obstáculo de los turnos. Según su relato, conseguir una consulta puede demandar hasta tres meses.
En una enfermedad autoinmune como la artritis reumatoidea, el seguimiento médico no debería quedar atado a una espera administrativa prolongada. La inflamación y el dolor pueden afectar seriamente la movilidad y la vida cotidiana, y la paciente advierte que cuando interrumpe el tratamiento el cuadro empeora notablemente.
“El dolor es el doble, la inflamación es insoportable y afecta a otros órganos”, sostuvo.
El impacto tampoco queda limitado a la salud física. La enfermedad condiciona su trabajo, sus actividades y su vida cotidiana. Una persona joven que debería estar desarrollando normalmente su vida adulta termina organizando buena parte de su día alrededor de conseguir un turno, obtener una receta o intentar acceder a una medicación que necesita para mantener bajo control una enfermedad que la acompaña desde hace casi diez años.
La situación también expone un problema que excede a esta paciente: cuando el sistema público depende de circuitos administrativos que acumulan semanas de demora, quienes tienen enfermedades crónicas quedan particularmente expuestos.
La mujer también cuestionó el trato recibido por parte del área administrativa. Según contó, en algunas oportunidades percibió falta de empatía y aseguró que hubo ocasiones en las que personal administrativo se retiró antes de finalizar el horario correspondiente, dejando a pacientes sin poder completar sus trámites.
Más allá de las responsabilidades individuales que puedan corresponder, el testimonio vuelve a poner sobre la mesa una pregunta mucho más amplia: ¿qué sucede con los pacientes que dependen exclusivamente de la salud pública cuando conseguir un turno puede llevar meses y una receta semanas?
Para alguien con una enfermedad crónica, esperar no significa simplemente perder tiempo.
Puede significar convivir con dolor, aumentar la inflamación, perder movilidad, faltar al trabajo y quedar sin una medicación necesaria para sostener su tratamiento.
La paciente pidió poder acceder a los controles, las recetas y la medicación que necesita para tratar una enfermedad que padece desde hace casi diez años, sin tanta burocracia.


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