La Libertad Avanza se desinfla y pierde autoridad en Salta: internas, torpezas y un discurso de “nueva política” que empieza a crujir

Salta25/08/2026Redacción El CaudilloRedacción El Caudillo
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La escena de Campo Quijano puede parecer, a primera vista, apenas una anécdota de protocolo. Un saludo que no llegó, un gobernador molesto, un senador libertario demasiado ocupado en mostrar a los propios y una ministra nacional obligada a intervenir para poner algo de orden. Pero sería un error leerlo solamente como un episodio de mala educación.

Lo ocurrido ayer durante la llegada del Tren 25 de Mayo expuso algo bastante más profundo: el progresivo deterioro político de La Libertad Avanza en Salta, un espacio que llegó a la provincia prometiendo una nueva forma de hacer política y que cada vez se parece más a aquello que decía venir a combatir.

El protagonista involuntario fue el senador provincial Roque Cornejo. En medio del acto protocolar, con la presencia de la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, evitó inicialmente saludar al gobernador Gustavo Sáenz y concentró su atención en presentar a dirigentes libertarios ante la funcionaria nacional. La escena terminó con Sáenz reprochando públicamente la actitud y calificando de “muy mal educados” y “guarangos” a los referentes del espacio. Hasta ahí podría haber sido otro cruce entre oficialismo y oposición, el problema para La Libertad Avanza fue lo que ocurrió después porque Pettovello, que estaba allí como ministra del Gobierno de Javier Milei y no como dirigente del saencismo, terminó siendo quien llamó al orden a los propios libertarios. Primero, con tono distendido y hasta con una cuota de humor, pidió que trataran bien al gobernador. Después fue todavía más contundente: advirtió que quien maltratara a Sáenz “se las iba a tener que ver” con ella y allí apareció la verdadera paradoja.

Los libertarios quisieron hacerle un desplante a Sáenz y terminaron siendo retados públicamente por una ministra libertaria.

No fue Sáenz quien dejó expuesta a La Libertad Avanza, la dejó expuesta su propia conducta.

La imagen también tuvo otro detalle político imposible de ignorar, mientras buena parte de la dirigencia libertaria optaba por el desaire, la diputada nacional Eliana Bruno permaneció junto al gobernador. Una fotografía que, en política, dice mucho más que cientos de comunicados.

Y mientras algunos intentaban marcar territorio con gestos infantiles, Pettovello conversaba, sonreía y compartía el escenario con Sáenz. Incluso el clima terminó distendiéndose con una escena mucho más cordial entre ambos. El contraste fue demoledor, los que llegaron para demostrar autoridad terminaron demostrando torpeza.

Ese es justamente el problema que comienza a tener La Libertad Avanza en Salta.

Llegaron al poder electoral montados sobre una promesa sencilla, ellos eran distintos. No eran la casta, no eran la política tradicional, no eran los que negociaban cargos, armaban internas, acumulaban contradicciones ni necesitaban del aparato de los partidos de siempre. Pero el tiempo empieza a desnudar otra cosa.

La Libertad Avanza salteña no parece estar construyendo una alternativa política ordenada y sólida. Parece estar construyendo una colección de dirigentes, egos, internas y ambiciones personales que todavía necesitan aprender algo elemental: la política también requiere inteligencia, oportunidad y capacidad para entender dónde se está parado.

El episodio de Campo Quijano llegó, además, después de otro movimiento que dejó en evidencia la fragilidad interna del espacio: la disputa alrededor de Eduardo Virgili y la conducción del bloque libertario en la Cámara de Diputados.

La situación, de hecho, merece una precisión: al momento de publicar este análisis, la propia Cámara de Diputados de Salta continúa registrando oficialmente a Virgili como presidente del bloque de La Libertad Avanza.

Pero las versiones sobre movimientos internos y desplazamientos ya alcanzaron suficiente dimensión como para revelar que el problema no es solamente una cuestión de nombres. La conducción política del espacio está en discusión.

Y cuando un partido que todavía está intentando consolidarse comienza a gastar más energía en ordenar sus propias filas que en explicar qué quiere hacer con los problemas concretos de los salteños, algo empieza a romperse.

La contradicción es todavía mayor porque La Libertad Avanza llegó a Salta con un resultado electoral importante. En 2025 consiguió seis bancas en la Cámara de Diputados provincial y quedó como tercera fuerza parlamentaria. Tenía capital político, tenía expectativa, tenía el envión nacional de Milei, tenía dirigentes jóvenes y una enorme capacidad de comunicación digital. Lo que empieza a faltar es otra cosa madurez política y capacidad de liderazgo y eso se nota especialmente cuando la discusión abandona las redes sociales y llega al territorio. Porque gobernar, legislar, representar o simplemente ejercer una oposición responsable no consiste en repetir consignas, insultar adversarios o construir enemigos permanentes. Tampoco consiste en vivir en estado de campaña. El problema es que esa lógica no nació en Salta Viene de arriba.

Javier Milei llegó a la Presidencia prometiendo una revolución contra la vieja política. Dos años y medio después, su gobierno acumula desgaste, conflictos internos, escándalos y una economía que, aunque consiguió una fuerte reducción de la inflación respecto del punto de partida, todavía tiene enormes dificultades para traducir la estabilidad macroeconómica en bienestar cotidiano.

Las encuestas recientes muestran un deterioro de la percepción sobre la gestión. Un relevamiento citado por El País ubica la aprobación presidencial entre el 38% y el 42%, mientras que distintos estudios registran una desaprobación que ronda o supera el 60%. Los salarios, el empleo y la situación económica aparecen entre las principales preocupaciones sociales.

Y mientras eso ocurre, Milei sigue apelando al insulto como una herramienta habitual de construcción política. Lo hizo con dirigentes argentinos. Lo hizo con periodistas. Lo hizo con empresarios. Lo hizo con dirigentes extranjeros.

El conflicto con Brasil es apenas uno de los ejemplos más recientes: los ataques de Milei contra Lula terminaron provocando una respuesta diplomática del gobierno brasileño y el retiro de su embajador en Buenos Aires.

La violencia verbal dejó de ser un recurso excepcional para convertirse en parte del lenguaje político del oficialismo y cuando desde arriba se instala la idea de que quien piensa distinto es un enemigo, quienes están abajo terminan reproduciendo la misma lógica.

Campo Quijano fue, en ese sentido, una pequeña muestra de un fenómeno mucho mayor.

La política del insulto también genera dirigentes que creen que la autoridad consiste en ningunear al otro.

El problema es que un acto protocolar no es una tribuna de Twitter. Un gobernador sigue siendo gobernador aunque sea adversario político. Un ministro nacional sigue siendo ministro aunque visite una provincia gobernada por otro espacio y un senador que representa a los salteños debería saber que la institucionalidad no se construye a fuerza de desplantes.

Por eso la intervención de Pettovello resultó políticamente tan significativa. Porque no fue una dirigente de la oposición la que les marcó el límite, fue una ministra del propio Gobierno nacional.

La escena mostró, en pocos segundos, aquello que los libertarios salteños probablemente hubieran preferido ocultar durante meses, la incapacidad para administrar una diferencia política sin convertirla en un espectáculo de confrontación.

Y mientras tanto, existe otro problema que empieza a ser cada vez más evidente. La Libertad Avanza habla permanentemente de libertad, pero tiene una relación cada vez más incómoda con la prensa que la cuestiona.

En el plano nacional, organizaciones como Amnistía Internacional vienen documentando un patrón de hostigamiento contra periodistas mediante insultos, acusaciones, campañas de desprestigio y utilización de cuentas vinculadas al oficialismo para desacreditar voces críticas.

En Argentina, además, un proyecto presentado en el Congreso recopiló numerosos episodios de ataques contra periodistas y citó el retroceso del país en el índice de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras. En Salta, esa lógica también empieza a sentirse.

La dirigencia libertaria parece cada vez más cómoda hablando desde sus propios espacios de streaming, sus redes y sus canales controlados, donde puede seleccionar interlocutores, administrar tiempos y evitar preguntas incómodas.

Eso no es comunicación moderna, es comunicación sin contrapunto y una fuerza política que pretende gobernar una provincia no puede acostumbrarse a hablar solamente donde nadie la interpela.

Porque el periodismo no está para aplaudir gobiernos ni oposiciones. Está para preguntar, incomodar, investigar y mostrar aquello que el poder preferiría que no se viera y ese principio vale también para La Libertad Avanza, mucho más todavía para quienes construyeron buena parte de su identidad política denunciando la corrupción, los privilegios y los abusos de la vieja política. El problema de fondo es que la pureza libertaria empieza a tener demasiadas manchas.

El espacio que se presentó como una ruptura con todo lo anterior terminó reuniendo dirigentes provenientes de distintas tradiciones políticas, trayectorias y estructuras. En Salta, la propia historia de algunos de sus dirigentes muestra vínculos anteriores con espacios que poco tienen que ver con aquella idea de una fuerza nacida de cero. Eduardo Virgili, por ejemplo, tuvo trayectoria previa en Salta Somos Todos y en el espacio de Alfredo Olmedo antes de consolidarse dentro de La Libertad Avanza.

Por eso aquella consigna de que “son distintos” empieza a perder fuerza, porque detrás de la motosierra aparecen dirigentes de distintas procedencias, viejas estructuras recicladas, disputas internas, peleas por cargos y una política que, en algunos casos, parece más preocupada por demostrar quién manda que por resolver qué necesita la gente.

Un rejunte político con estética nueva.

Un poco de macrismo, un poco de conservadurismo, un poco de viejas estructuras provinciales, un poco de peronismo reciclado, n poco de menemismo actualizado para la era de las redes y mucho discurso de ruptura.

La pregunta política ya no es cuánto puede crecer La Libertad Avanza en Salta, la pregunta empieza a ser cuánto puede deteriorarse antes de que sus propias contradicciones le impidan seguir creciendo porque mientras sus dirigentes se pelean por quién saluda a quién, quién se sienta adelante, quién conduce un bloque o quién tiene más llegada a una ministra, afuera de esa burbuja hay una provincia atravesada por problemas reales.

Hay familias preocupadas por el empleo, hay hospitales con dificultades, hay escuelas que pierden alumnos, hay zonas de frontera donde la inseguridad y el narcotráfico forman parte de la vida cotidiana, hay productores afectados por el clima, hay comunidades reclamando respuestas, hay problemas sociales que no entran en un reel de treinta segundos y frente a buena parte de esas situaciones, la dirigencia libertaria salteña suele tener una presencia mucho más silenciosa que cuando se trata de atacar a un adversario político.

Ese silencio también construye identidad y también se vota porque una cosa es ser oposición y otra muy diferente es convertir la oposición en una profesión.

La Libertad Avanza todavía tiene tiempo para corregir el rumbo. Tiene representación institucional, tiene dirigentes con exposición nacional y conserva un electorado que, todavía no desapareció.

Pero para convertirse en una alternativa seria necesita abandonar la adolescencia política. Necesita entender que no todo acto es una batalla cultural.Que no todo adversario es un enemigo. Que no todo periodista es un operador. Que no toda crítica es una conspiración y que gobernar —o aspirar a gobernar— exige algo bastante más difícil que gritar. Exige capacidad.

Campo Quijano dejó una imagen imposible de disimular: los libertarios llegaron al acto queriendo mostrar que tenían el poder y terminaron siendo llamados al orden por una ministra de su propio Gobierno y quizá allí esté condensado el problema de La Libertad Avanza en Salta. Mucho discurso de autoridad. Mucho discurso de ruptura. Mucho discurso de “somos distintos”.

Pero cuando se apagan las cámaras y desaparecen los slogans, empiezan a aparecer las viejas mañas de siempre. La diferencia es que ahora tienen motosierra, streaming y redes sociales. La política, sin embargo, sigue siendo política. Y la torpeza, por más que se disfrace de rebeldía, sigue siendo torpeza.

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