¿Con cuál te quedás? Uno permite llevar nieve, comida, gaseosas y hasta las sillas

Salta14/01/2026Redacción El CaudilloRedacción El Caudillo
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Este martes 14 de enero se realizó en la ciudad de Salta la presentación oficial de dos corsos que, aunque comparten calendario, representan modelos totalmente opuestos de lo que significa el carnaval. Por un lado, el denominado “Corso de la Ciudad”, organizado por COMUYCA y Carnestolendas. Por el otro, el tradicional Corso Infanto Juvenil de Castañares, impulsado desde hace años por una reconocida familia del norte capitalino. La diferencia no es solo de nombres: es de bolsillo, de espíritu y de sentido común.

El Corso de la Ciudad fue presentado con una estructura pensada más como un espectáculo cerrado que como una fiesta popular. Las entradas costarán 8 mil pesos por persona desde los 6 años, un valor que para muchas familias resulta directamente excluyente. A eso se suma que sentarse en una silla o tribuna implicará un gasto adicional desde los 5 mil pesos, lo que eleva aún más el costo de asistir.

Pero el precio no es la única barrera. En el corso organizado por COMUYCA y Carnestolendas no se podrá ingresar con lanzanieves, pintura, harina, comida, bebidas ni asientos particulares como sillas o reposeras. Es decir, todo lo que históricamente formó parte del carnaval queda prohibido, obligando al público a consumir exclusivamente dentro del predio y bajo las reglas de los organizadores. Un corsódromo donde hasta sentarse se paga.

Muy distinto es el panorama en el Corso Infanto Juvenil de Castañares. Allí, la entrada general tendrá un valor de 5 mil pesos, y los menores de 10 años no pagan, algo que marca una diferencia enorme para las familias. Además, el ingreso con nieve, pintura, comida, bebida y asientos está permitido, reforzando el carácter familiar, barrial y accesible del evento.

En Castañares, sentarse puede ser gratuito o, en caso de optar por alquilar sillas, el pago es opcional. Nadie queda afuera por no poder pagar una tribuna. El carnaval vuelve a ser encuentro, juego y alegría, no una suma de gastos obligatorios.

En ambos corsos está prohibido el ingreso de bebidas alcohólicas, pero mientras uno parece pensado para controlar, cobrar y restringir, el otro apuesta a la convivencia, a los chicos, a las familias y a un carnaval sin condicionamientos.

Desde El Caudillo la comparación es inevitable. De un lado, un corso caro, lleno de prohibiciones y con un modelo que espanta al público. Del otro, un corso popular, accesible y fiel a la esencia del carnaval salteño. La pregunta no es cuál es “más grande”, sino cuál es para la gente.

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