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# Una muerte, una leyenda y más de 120 años de memoria: el misterio de Juana Figueroa que todavía vive en Salta

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La historia de **Juana Figueroa** ocupa un lugar singular dentro de la memoria popular de Salta. Su vida fue breve y su muerte, ocurrida en 1903, estuvo marcada por un violento drama conyugal. Sin embargo, con el paso de los años, aquella joven que en vida fue una mujer prácticamente anónima terminó transformándose, para miles de salteños, en una figura de devoción popular a la que se le atribuyen milagros, favores y protección. Su historia se encuentra así en una zona donde se cruzan el hecho policial, la memoria oral, la religiosidad popular, la literatura y el folclore.

Juana Figueroa tenía 22 años y estaba casada con Isidoro Heredia, carpintero de aproximadamente 42 años. El matrimonio residía en la ciudad de Salta, en la calle Buenos Aires, entre San Juan y San Luis, junto a familiares de Heredia. Las crónicas y testimonios posteriores describieron una relación conflictiva, atravesada por discusiones y fuertes desavenencias. También circularon distintas versiones acerca de la vida privada de Juana, algunas de ellas relacionadas con supuestas infidelidades y con sus frecuentes ausencias del hogar. Es importante señalar que buena parte de esas afirmaciones pertenecen a testimonios, rumores y relatos posteriores, y no deben confundirse automáticamente con hechos plenamente comprobados.

La noche del 21 de marzo de 1903, la vida de Juana terminó de manera brutal. Según consta en la causa judicial iniciada después del crimen, Heredia reconoció haber sido el autor de la muerte de su esposa en las inmediaciones del antiguo Puente Blanco, situado en una zona que hoy podemos ubicar en el sector de la actual avenida Hipólito Yrigoyen y calle Pedro Pardo. En aquel entonces se trataba de un espacio periférico, atravesado por canales, vegetación y terrenos poco urbanizados, muy diferente del paisaje que conocemos actualmente.

La investigación judicial estableció que el cuerpo de Juana había sido abandonado en las inmediaciones del llamado canal del Estado. Días después, unos niños encontraron los restos mientras se dirigían a bañarse en el zanjón. El cadáver no pudo ser identificado inmediatamente y fue sepultado inicialmente como NN en el Cementerio de la Santa Cruz, una circunstancia que muestra la precariedad de los procedimientos de identificación de aquella época.

La persistencia de una familiar de Juana fue fundamental para esclarecer quién era la mujer asesinada. Las características físicas, la vestimenta y el calzado permitieron avanzar en la identificación y, finalmente, el cadáver fue exhumado el 2 de abril de 1903. Entre los elementos utilizados para reconocerla se mencionaron detalles particulares de su apariencia. Las antiguas descripciones la presentan como una joven de tez clara, abundante cabello negro recogido en un rodete y vestida habitualmente con ropa oscura y botines de charol.

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La investigación policial llevó rápidamente hacia su esposo, quien tenía antecedentes de conflictos conyugales y terminó confesando el homicidio. En su declaración judicial, Heredia reconoció haber provocado la muerte de Juana durante la noche del 21 de marzo, en las inmediaciones del Puente Blanco. También declaró que el conflicto estaba relacionado con la vida matrimonial y con las relaciones de su esposa.

El expediente judicial permite conocer detalles que posteriormente fueron mezclándose con la tradición oral. La sentencia dictada en Salta el 27 de septiembre de 1904 señala que la causa había comenzado a partir de una denuncia presentada ante la policía el 29 de marzo de 1903. El proceso incorporó testimonios, investigaciones policiales y, fundamentalmente, la propia confesión del acusado. El tribunal consideró que Heredia había actuado bajo una fuerte perturbación y en un estado de irritación, pero determinó que había tenido conciencia de sus actos y que no existía una agresión ilegítima que justificara la violencia ejercida contra Juana.

Un aspecto especialmente importante de la sentencia es que el tribunal rechazó que los antecedentes sobre la supuesta conducta desordenada de Juana pudieran justificar el asesinato. El fallo fue categórico al establecer la responsabilidad de Heredia y lo condenó como autor del homicidio de su esposa a diez años de presidio, además de las costas correspondientes.

Con el paso de los años, sin embargo, la historia judicial comenzó a transformarse en una historia de tradición popular. La mujer asesinada dejó de ser solamente la víctima de un crimen ocurrido en un sector marginal de la ciudad y comenzó a adquirir una nueva dimensión en el imaginario salteño.

En torno al lugar donde había aparecido su cuerpo comenzaron a encenderse velas y a realizarse oraciones. Algunas personas comenzaron a atribuirle capacidad para conceder favores, ayudar en los estudios, conseguir trabajo, solucionar problemas familiares y proteger a quienes acudían a ella. También se difundió la creencia de que Juana era especialmente venerada por mujeres vinculadas a la prostitución y por personas que atravesaban dificultades sentimentales o familiares.

No existe una explicación única y completamente documentada acerca del momento exacto en que comenzó esta devoción. Algunos relatos sitúan hacia 1925 una etapa importante en la consolidación del culto popular. Con el tiempo, el lugar del antiguo crimen fue adquiriendo características de santuario espontáneo o altar popular. Allí se depositaban velas, flores, fotografías, placas, pequeños escritos y distintos objetos dejados por personas que aseguraban haber recibido algún favor.

Este fenómeno no debe confundirse con una canonización religiosa oficial. Juana Figueroa no es una santa reconocida por la Iglesia Católica. Su figura pertenece al ámbito de la denominada religiosidad popular, en la que determinadas personas fallecidas de manera trágica pueden convertirse, para una comunidad, en intermediarias o "almas milagrosas". En Argentina existen numerosos ejemplos de este tipo de devociones, surgidas al margen de los procesos oficiales de canonización.

Con Juana ocurrió algo particularmente llamativo: las mismas circunstancias que durante su vida y después de su muerte fueron utilizadas para juzgar su conducta terminaron perdiendo importancia frente a la imagen de la joven convertida en protectora. La tradición popular fue dejando en segundo plano las discusiones sobre su vida matrimonial y comenzó a destacar su condición de víctima de una muerte violenta.

También existe una dimensión literaria alrededor de su figura. El escritor salteño Juan Carlos Dávalos la incorporó a sus relatos y contribuyó, desde la literatura, a fijar determinadas representaciones de los protagonistas del drama. Las descripciones de Dávalos reflejan, además, las ideas sociales y los prejuicios de la época en torno a la mujer, el matrimonio y la moralidad. Por ello, sus textos resultan valiosos no solamente como literatura sino también como testimonios de la manera en que la sociedad salteña construyó la memoria de Juana.

La historia llegó incluso al folclore musical. La figura de Juana Figueroa inspiró la zamba "La Juana Figueroa", con música de José Juan Botelli y letra de José Ríos, obra que fue registrada el 23 de febrero de 1961. Posteriormente fue interpretada por diferentes conjuntos folclóricos, entre ellos Las Voces del Huayra y Las Voces de Orán. De esta manera, la historia que había comenzado como un crimen ocurrido en las afueras de la ciudad terminó incorporándose también al patrimonio cultural y musical de Salta.

Otro capítulo singular ocurrió con Isidoro Heredia. Después de cumplir su condena, se radicó en Buenos Aires y, años más tarde, regresó a Salta. Murió en 1964. Para entonces, Juana ya había adquirido una dimensión completamente diferente en la memoria popular. La tradición sostiene que Heredia terminó siendo sepultado en el Cementerio de la Santa Cruz, muy cerca de la tumba de la mujer a la que había asesinado. Este detalle, cargado de simbolismo, contribuyó todavía más a alimentar la leyenda alrededor de ambos personajes.

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Mientras la memoria de Heredia quedó asociada principalmente al crimen, la figura de Juana continuó creciendo. En su tumba comenzaron a acumularse testimonios de personas que aseguraban haber recibido ayuda. Algunas placas y mensajes dejaron constancia de agradecimientos por supuestas curaciones, reconciliaciones familiares, protección y favores concedidos. Así, la tumba se convirtió en un lugar de visita y oración.

Con el paso de las décadas, el antiguo espacio del culto también fue cambiando. El crecimiento urbano transformó completamente aquella zona periférica donde alguna vez estuvieron el Puente Blanco y los canales. El antiguo santuario popular tuvo distintas formas y construcciones a lo largo del tiempo y, finalmente, en 2017, el lugar de culto fue trasladado a una plazoleta cercana al sitio original.

La permanencia de Juana Figueroa en la memoria salteña demuestra cómo determinados acontecimientos pueden adquirir una vida propia mucho después de ocurrido el hecho original. La documentación judicial permite reconstruir una parte del crimen: una mujer de 22 años fue asesinada por su esposo, el cuerpo fue abandonado y posteriormente identificado, el acusado confesó y finalmente fue condenado a diez años de prisión. Sobre esa base documental se construyó, con el paso de las generaciones, una segunda historia: la de Juana como alma milagrosa y protectora.

Por eso, cuando se habla de Juana Figueroa, es necesario distinguir entre historia y leyenda. La historia puede apoyarse en expedientes, testimonios y documentos judiciales; la leyenda se alimenta de la tradición oral, los relatos familiares, las promesas, los agradecimientos y las experiencias personales de quienes creen haber recibido su ayuda.

Quizás allí se encuentre precisamente la razón de su permanencia. Juana Figueroa no fue recordada solamente por la forma terrible en que murió, sino por la manera en que la sociedad salteña transformó su tragedia en memoria. Una mujer que en vida estuvo rodeada de rumores y conflictos terminó convertida, después de su muerte, en una de las figuras más reconocibles de la religiosidad popular de Salta.

Más de un siglo después de aquel 21 de marzo de 1903, su nombre continúa formando parte de las historias, las creencias y el patrimonio intangible de la ciudad. Su santuario, su tumba, las placas de agradecimiento, las canciones y los relatos transmitidos de generación en generación mantienen viva una figura que se encuentra, todavía hoy, entre la historia documentada y el misterio de la fe popular.

Juana Figueroa: una historia de muerte, memoria y sacralización popular, nacida en las márgenes de la antigua Salta y convertida, con el paso del tiempo, en una de las leyendas más perdurables de la ciudad.

Gentileza: **Juan Oscar Wayar.**

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